El Alto Tribunal de Kenia ha vuelto a aplazar su decisión en lo que se ha convertido en un caso emblemático presentado por la Sociedad Rastafari de Kenia (RSK). Inicialmente prevista para el 28 de mayo, la decisión se aplazó hasta el 15 de julio, prolongando un tira y afloja jurídico que dura ya más de cinco años.
Para la comunidad rastafari, este caso va mucho más allá de la mera cuestión de derecho penal. Cristaliza un conflicto entre libertad de religión, derechos constitucionales y un marco legislativo especialmente estricto en materia de drogas. En el centro del debate: la capacidad de la legislación keniana para incorporar prácticas religiosas que incluyen el consumo de cannabis.
Los aplazamientos del Alto Tribunal agravan la inseguridad jurídica
El caso cuestiona las disposiciones de la Ley de Control de Estupefacientes y Sustancias Psicotrópicas, que penaliza la posesión, el cultivo y el consumo de cannabis. Según la ley vigente, los infractores se enfrentan a una pena mínima de cinco años de prisión y multas.
El Tribunal justificó el aplazamiento alegando la naturaleza «compleja» del caso y sus «implicaciones legislativas de gran alcance», según la correspondencia citada en el expediente del caso. Este es ya el segundo aplazamiento de este año, lo que aumenta la frustración de los peticionarios, que llevan esperando desde la presentación de la Petición Ganja en 2021.
A pesar del aplazamiento, los miembros de la Sociedad Rastafari de Kenia aseguran que se mantienen serenos. «Hemos permanecido muy tranquilos y positivos desde el principio», afirmó Ras Benaiah Mbucu, coordinador de la RSK, lo que refleja una postura arraigada en la filosofía rastafari y no en la confrontación.
El reconocimiento del movimiento rastafari por parte de los tribunales kenianos en 2019 fue el núcleo del argumento de los peticionarios. Sostienen que este reconocimiento refuerza su demanda de protección de la libertad religiosa, incluido el derecho a utilizar el cannabis como sacramento.
«La fe frente a la ley del cannabis»: tensiones constitucionales ante el tribunal
En audiencias recientes, los abogados de los demandantes argumentaron que el marco de estupefacientes de Kenia crea un conflicto directo entre la ley estatal y las protecciones constitucionales.
«El Tribunal Superior ha sido informado de que la Ley de Estupefacientes de Kenia ha creado un conflicto directo entre la libertad religiosa y la prohibición penal del cannabis, con los rastafaris argumentando que la ley les coloca en un dilema constitucional entre la fe y el respeto a la ley.»
Los abogados notificaron además la naturaleza personal y espiritual del consumo de cannabis en la práctica rastafari. Como se declaró en el juicio:
«Se les ha colocado (a los rastafaris) en una situación en la que deben elegir entre el respeto a la ley y la fidelidad a sus creencias».
Otro argumento profundizó en el alcance de las protecciones constitucionales: «Aunque la ley se promulgó en aras del interés público, es importante que el Tribunal considere el efecto de una prohibición general del uso, consumo y cultivo privados de marihuana».
Los demandantes también argumentan que la ley interfiere de forma desproporcionada en la intimidad y la libertad de conciencia: «Invade la esfera más íntima del hogar privado, la conciencia y las decisiones que un adulto toma sin perjudicar a los demás».
También se esgrimieron argumentos jurídicos comparativos, haciendo referencia a jurisdicciones como Sudáfrica, donde se ha despenalizado el consumo privado de cannabis basándose en razonamientos constitucionales.
Un movimiento marcado por la identidad, la historia y la exclusión
Más allá de los argumentos jurídicos, este caso pone de manifiesto tensiones sociales más amplias en torno al rastafarismo en Kenia. En Kenia, el movimiento ha seguido creciendo, sobre todo entre los jóvenes que buscan caminos espirituales alternativos. Los rastas siguen denunciando casos de discriminación y presión policial relacionados con la posesión de cannabis y su apariencia. Ras Benaiah Mbucu describió un acoso constante, incluidos intentos de extorsión durante sus enfrentamientos con la policía.
La historiadora Giulia Bonacci vincula esta marginación a la herencia colonial y a las normas sociales contemporáneas, señalando que el aspecto físico, como las rastas, puede reforzar la exclusión en una sociedad en la que sigue influyendo la conformidad con los códigos religiosos y culturales dominantes.
Los testimonios personales reflejan estas tensiones. El primer abogado rastafari de Kenia, Ras Mathenge Mukundi, recuerda que fue estigmatizado en círculos académicos y profesionales:
«Fue complicado en la universidad, porque fue entonces cuando empecé a llevar rastas», explica. «La gente intentó desanimarme. Tanto algunos de mis compañeros como el profesorado»
Cuando prestó juramento en el colegio de abogados, optó por no llevar la tradicional peluca de la época colonial, apareciendo en su lugar con un turbante azul que cubría sus rastas, una imagen que ha circulado ampliamente en los medios de comunicación africanos.
Aunque ahora se espera el veredicto para julio, esta disputa plantea una cuestión más amplia: ¿puede coexistir una prohibición general del cannabis con prácticas religiosas reconocidas que lo consideran un elemento sacramental?